Enredados



Algunas reflexiones sobre Identidad y Cultura en la era de las redes sociales.



Lic. Roxana Meygide Schargorodsky, 16/10/2014, Buenos Aires
APA / r.m.yargo@gmail.com

 

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En la historia de la construcción de la identidad en la cultura contemporánea, las experiencias sobre internet figuran de forma prominente, aunque estas experiencias sólo se pueden comprender como parte de un contexto cultural más amplio. Este contexto es la historia de la erosión de las fronteras entre lo real y lo virtual, lo animado y lo inanimado, el yo unitario y el yo múltiple que ocurre tanto en campos científicos avanzados de investigación como en los modelos de vida cotidiana

Sherry Turkle, La vida en la pantalla

 

 

Las enseñanzas freudianas marcan un camino: ser testigos del tiempo que nos toca vivir, entendiendo las producciones cultura­les como una manifestación objetivada de las dinámicas psíquicas. Como analistas, no podemos estar ajenos a las expresiones culturales de la época, éstas modelan y exponen cierta subjetividad.

Internet es, sin dudas, una de las producciones culturales más acabadas de nuestra época. Desde su penetración en la vida cotidiana, de la mano de los ordenadores personales allá por los lejanos ’80, lo que comenzó como una “tecnología de comunicación”, ha ido mutando hacia lo que se podría denominar como “tecnología de la representación”, de forma particularmente intensa desde el surgimiento de la web 2.0.

En la última década, la relación entre el sujeto y las tecnologías digitales se ha estrechado y profundizado. Podemos observar que ésta ya no es personal, sino íntima. Las PC portátiles y, sobre todo, los “dispositivos livianos”: tabletas y teléfonos inteligentes, se han convertido en acompañantes que permiten estar siempre conectados. Es tal la proximidad entre el sujeto y los dispositivos digitales, que podríamos pensarlos como extensiones tecnológicas del Yo/Cuerpo. Según expresa Turkle (1997) en su clásico texto sobre la construcción de la identidad en internet[i], son “objetos evocadores que provocan la renegociación de nuestras fronteras”. Estos fenómenos de ampliación de las fronteras del cuerpo biológico en interacción con la tecnología fueron conceptualizados como “hombre postorgánico” (Sibila, 2009) o “cyborg” (Mestres Naval y Vives Rego 2011; Moya, 2007; Horaway, 1991).

En consonancia con los avances de estas “tecnologías portables” avanzan los desarrollos de las plataformas interactivas, de las cuales las llamadas redes sociales han sido las que lograron el mayor crecimiento en la cantidad de ususarios y la mayor sofisticación en el diseño de sus interfases. En un principio fueron los chats públicos, y las listas electrónicas; más tarde Youtube, Myspace, Hi5 y, particularmente, Facebook y Twitter.

Basta recordar que en el año 2004 Mark Zuckerberg creó Facebook, en el 2007 se lanzaron las versiones en francés, alemán y español, en el 2010 estaba traducido a más de 70 idiomas, en mayo de 2011 contaba con 700 millones de usuarios, en 2012 ya son 800 millones y el contador sigue sumando…

Por las posibilidades que ofrecen, estos entornos digitales se convirtieron prontamente en espacios de socialización. Quienes los utilizan no son “usuarios de una tecnología” sino “miembros de una comunidad”, ésta funciona como un “cuerpo colectivo” (Lévy: 1999) que articula a quienes forman parte de ella. Los límites del “Yo digital” desbordan también hacia lo intersubjetivo y lo social.

La participación en estos espacios ha permitido nuevos modos de representación del sujeto y su historia. Mediados por la interfaz, permiten la puesta en escena del sí mismo y el intercambio con otros: mostrar, mirar, ser mirados.

Ahora bien, hecha esta pequeña introducción, podemos plantear algunas preguntas: ¿Puede el psicoanálisis con su saber aportar algo a la comprensión de estos –ya no tan- nuevos fenómenos? ¿Qué subjetividades se conforman y se despliegan en la interacción de los sujetos con y en las redes sociales? ¿Qué tipo de procesos de construcción de “sí mismo” se dan en estos espacios virtuales? Estos procesos: ¿forman parte de una construcción identitaria? ¿Es ésta una nueva creación o sólo una manifestación diversa de fenómenos que el psicoanálisis ya ha observado y estudiado?

 

ENFOQUES

Entendemos que estos fenómenos son constitutivos y constituyentes de la subjetividad contemporánea. Abordar su estudio de nos insta a permear fronteras y conjugar los aportes de otras disciplinas, ya que sus determinaciones no se sitúan “en el cruce” -metáfora que estimula una representación puntual y localizable, por otro lado muy tranquilizadora- sino que conforman espacios intermedios de límites difusos, que precisan de la confluencia de saberes heterogéneos, aportes desde otras ciencias que observan al hombre en sus múltiples determinaciones. Pero el desafío es espigarlos desde una comprensión psicoanalítica, atreviéndonos a adentrarnos en ese campo complejo donde cultura y sujeto son inseparables.

 

PRIMERO YO

¿De qué formas los sujetos buscan construir su identidad en un océano virtual o mediático? Esta identidad compleja[ii] tiene un basamento fundamental en los trabajos que pueda realizar el Yo. Siguiendo a Hornstein (2012) podemos pensar el Yo como “una suma más o menos integrada de identificaciones, un conjunto más o menos dispar de funciones. Un rompecabezas-computadora. Una miríada de miradas (miradas de los otros) le abastecen piezas de rompecabezas, rompecabezas que nadie sino él puede armar, eligiendo las que lo ayudan a proseguir su construcción identificatoria”.

Las redes sociales ponen a disposición del Yo una multiplicidad de miradas con las que armar el o los rompecabezas que lo constituyen. Estas miradas se expresan fundamentalmente a través de imágenes: viñetas, ilustraciones y particularmente fotografías, son el material casi excluyente con el que los sujetos conforman los relatos de sí mismo. Podemos pensar estos discursos visuales como propiciadores de procesos identificatorios a la manera de los sueños. Nos dice Freud en la interpretación de los sueños:

“Cuando veo surgir en el sueño, no mi yo sino una persona extraña, debo suponer que mi Yo está oculto detrás de esa persona, gracias a la identificación. Está sobreentendido. Otras veces mi Yo aparece en el sueño y la situación en la que se encuentra me muestra que otra persona se oculta detrás de él, también en virtud de una identificación. Es necesario descubrir mediante la interpretación lo que es común a esa persona y a mí, y transferirlo al Yo. Hay también otros sueños en los que el Yo aparece en compañía de otras personas que, cuando uno resuelve la interpretación, se revelan como mi Yo. Entonces es necesario, sobre la base de esta identificación, unir representaciones diversas que la censura había interdicto. Por lo tanto puedo representar mi Yo varias veces en un mismo sueño, primero de una manera directa, después por identificación con otras personas. Con varias identificaciones de este tipo, se puede condensar un material de pensamientos extraordinariamente rico.”

En las redes sociales como Facebook vemos al Yo construyendose y re-construyendose, en interacción con las imágenes de sí mismo y de los otros. Estos espacios le permiten desplegar cierto proceso identificatorio. Nos ofrecen “un material de pensamientos extraordinariamente rico” para analizar. Nos muestran un Yo activo “no sólo identificado sino identificante; no solo enunciado sino enunciante; no solo historizado sino historizante; no solo pensado sino pensante; no solo sujetado sino protagonista; no solo hablado sino hablante” (Hornstein, 2012).

 

AQUÍ Y AHORA

La cultura virtual y digital determina alteraciones en la las percepciones del tiempo y el espacio (Castells, 1997; Augé, 1998). Sus particularidades no pueden pasar inadvertidas para aquellos que trabajamos sobre el psiquismo humano.

Por un lado, el tiempo. De acuerdo con Agamben (2007) entendemos que “cada cultura es, ante todo, una determinada experiencia del tiempo y no es posible una nueva cultura sin una modificación de esa experiencia”. En la sociedad actual y especialmente a partir de la inclusión de Internet en la vida cotidiana, esta experiencia del tiempo está determinada por la inmediatez y lo instantáneo (Augé, 1998).

Por otro lado, el espacio. Este se desdobla entre el espacio físico y el “espacio de flujos” (Castells, 1997; Lash y Urry, 1998) metáfora que intenta describir el ciberespacio, espacio dis-locado que ofrece la experiencia de borramiento de las distancias, paradoja entre la ubicuidad y la concentración en un solo punto, a la manera del Aleph borgeano.

Un estudio pionero sobre las mutaciones en la percepción de tiempo y espacio es el de Augé (1998) quien, desde la etnografía, extendió la noción de espacio a las pantallas y las analizó dentro de la categoría de “no lugares”[iii]. Con esta metáfora ilustró las particularidades que presentan las nociones de espacio, tiempo e imagen en la cultura de fin de milenio y son los elementos centrales con los que desarrolló su tesis sobre la “sobremodernidad”.

Una comprensión diametralmente opuesta propone Lévy (2011) en su investigación -de cuño filosófico- sobre la virtualidad. Lévy señala que en las redes sociales encontramos una multitud de tipos de espacialidad y temporalidad. Cada participante en la red da forma a su mundo y con ese mundo establece los espacios y tiempos específicos, en los que pone en juego su subjetividad, determina su significación y las condiciones de pertenencia.

Desde el psicoanálisis, entendemos la importancia de integrar las experiencias para lograr una subjetividad que pueda expresarse en un proyecto. De allí que cobre particular relevancia el análisis de los cambios en los procesos que modulan la conformación del espacio y del tiempo. Si tomamos en cuenta que uno de los conceptos clave que introdujo el psicoanálisis es el de temporalidad, deslindando la secuencia lineal cronológica de la actividad consciente de la temporalidad del inconsciente, decanta la importancia de revisar los procesos de historización y sus mutaciones, en relación a las particularidades que presenta la experiencia del tiempo y el espacio en el interjuego con la red digital.

 

NO SOY YO SOS VOS NO SOS VOS SOY YO SOS VOS

Las interacciones subjetivas en las redes sociales digitales se caracterizan por el paso del interior al exterior en un continuo que se despliega en las relaciones entre sí mismo y los otros, público y privado, propio y común, subjetivo y objetivo. Lévy (1999) designa este movimiento como «efecto Moebius».

Lo intrapsíquico e intersubjetivo, tema que mueve a debate a distintas posiciones psicoanalíticas, adquiere entonces ribetes particulares. Ambos términos ¿Se conmueven de las determinaciones que los conforman fuera de la red? Entendemos que la cuestión debe plantearse en función de si es posible disgregarlos, y nos lleva a poner nuevamente en el tapete las subjetividades y sus consecuentes objetalidades posibles, ambas en su funcionamiento virtualizado, y revisarlas para observar qué hay de particular y diferente en el contacto mediado por las interfases electrónicas. Estas diferencias que conmueven la relación del sujeto consigo mismo, con el Otro y con la comunidad, podemos entenderlas como un acontecimiento, tal como lo define Deleuze (1989):

Ideal, incorporal, con todos los trastocamientos que le son propios, del futuro y el pasado, de lo activo y lo pasivo, de la causa y el efecto. El futuro y el pasado, el más y el menos, lo excesivo y lo insuficiente, el ya y el aún-no: pues el acontecimiento infinitamente divisible es siempre los dos a la vez.

 

REALIDADES Y VIRTUALIDADES

            Lo virtual posee una realidad plena, en tanto que virtual.

Giles Deleuze, Diferencia y repetición.

 

Freud, quien a lo largo de su obra mantuvo un innegable interés respecto a la realidad efectiva[iv] en las “formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico” (1911) nos alerta sobre la importancia de la relación del hombre con la realidad y su significado psicológico. El aparato psíquico, regido por el principio del placer, al no poder satisfacer sus necesidades por la vía alucinatoria, establecerá el principio de realidad: “un paso grávido en consecuencias” y señala que éste no se cumplirá de una sola vez ni simultaneamente en toda la línea. Freud desglosa la diferencia que se observa en este proceso entre: las pulsiones yoicas que establecerán un vínculo más estrecho con las actividades de la conciencia, y las pulsiones sexuales que lo establecerán con las fantasías.

Ahora bien, ¿cuál es el estatuto que adquiere la realidad en sus despliegues virtuales en las pantallas?. Acudiremos aquí a una cita del film Matrix en el que Neo pregunta a Morfeo

-   ¿Dónde estamos?

-   Estamos dentro de una computadora, lo que ves es la proyección del Yo digital.

-   ¿Esto es real?

-   ¿Qué es real?, son impulsos eléctricos que tu cerebro interpreta, el mundo es simulación interactiva.

El concepto que se filtra como un deslizamiento al de realidad es el de simulacro, éste refiere a las copias de cosas que ya no tienen originales, a los mundos sin orígenes. Jean Baudrillard (1978) lo planteó visionariamente[v] antes que los desarrollos de la informática nos los facilitaran a escala masiva. Cabe entonces preguntarnos ¿Los simulacros vienen a constituir un estadío particular de la realidad, o son algo diverso? ¿Qué relaciones guardan con las representaciones? ¿Cuáles son sus consecuencias sobre la realidad efectiva? ¿Son creaciones subjetivas que propician una construcción identitaria?

Según Albornoz (2008) “La cultura digital propone otra experiencia de la realidad, nos obliga a una mejor comprensión de los nudos que enlazan las realidades y las representaciones, las ilusiones y los síntomas, las imágenes y los modelos”.

Por otra parte, si precisamos el término, virtual proviene del latín virtualis, que a su vez deriva de virtus: fuerza o poder. Para la filosofía, lo virtual es aquello que hace que cada cosa sea lo que es. Es a la vez la causa inicial por la cual el efecto existe y, por ello mismo, aquello por lo cual la causa sigue estando presente virtualmente en el efecto (Queau, 1995).

De esta forma vemos que real y virtual se enlazan en una relación de causalidad recíproca[vi]. En rigor, lo virtual podría concebirse como un momento de lo real, no lo sustituye. El simulacro ¿sería entonces una conformación que permite la figuratividad[vii], la puesta en escena, de las fantasías?

Quedan así planteados algunos de los cuestionamientos que pone sobre el tapete la interacción de los sujetos con las redes sociales. Cuestiones a las que el psicoanálisis puede aportar con todo el bagaje teórico y clínico que ha formalizado, respecto a la construcción de la identidad en el mundo que nos toca vivir actualmente.



 

 

 

 

Notas:

[i] Psicoanalista, investigadora en temas sobre identidad y tecnología del Massachusetts Institute of Technology (MIT), miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Boston y psicóloga clínica en ejercicio.

[ii] Hablar de la identidad desde el psicoanálisis es complejo, porque éste no es un concepto estrictamente psicoanalítico. Freud desarrolló la identificación como una de las categorías fundamentales de su teoría y su metapsicología. La identidad es un concepto dinámico que ha sido abordado vastamente desde la psicología, la sociología y los estudios culturales.

Stuart Hall, en un trabajo de referencia sobre Identidad “¿quién necesita «identidad»?” expone que “Las identidades se construyen dentro del discurso y no fuera de él, debemos considerarlas producidas en ámbitos históricos e institucionales específicos en el interior de formaciones y prácticas discursivas específicas, mediante estrategias enunciativas específicas.”

[iii] Marc Augé define el “lugar” como un espacio en donde se pueden leer la relación y la historia; y propuso llamar “no-lugares” a los espacios donde esta lectura no era posible

[iv] El problema de la realidad aparece en “el proyecto” (1895) desde una perspectiva biológica, allí Freud caracteriza la clave perceptiva por la cual el organismo podría asegurarse las condiciones favorables a la descarga. El punto de vista propiamente psicoanalítico sobre la realidad como “vertiente externa de la frustación” aparece claramente en “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico” (1911) donde formula que “el neurótico se extraña de la realidad efectiva al encontrarla –en su totalidad o en alguna de sus partes- insoportable “

[v] Baudrillard plantea en Cultura y simulacro: “Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad”

 

[vi] En la medida en que el efecto es puesto por la causa, la causa queda determinada por el efecto.

[vii] Dicen A.J. Greimas y J.Courtés en el Diccionario razonado de la teoría del lenguaje:

“La figuratividad como efecto resultante de la puesta en discurso, está tradicionalmente situada en el pla­no superficial de las estructuras dis­cursivas. El interrogante «¿cómo las figuras (…) producen un efecto de realidad?» re­quiere una doble respuesta: prime­ramente, porque ellas hacen referencia a un elemento del mundo natu­ral (...); pero también porque ellas se armonizan, en el te­jido del discurso, con otras figuras que seleccionan y confirman la «consistencia» virtual de las primeras.”

 

 

Bibliografía

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Augé, Marc (1998/1992) Los no lugares. Espacios del anonimato. Hacia una antropología de la sobremodernidad.    Barcelona, Gedisa.

Baudrillard, Jean (1978). Cultura y simulacro Barcelona, Kairós

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